La dificultad de sentirnos impresionados.

Hace algunas semanas, tras leer el artículo sobre branding que María Cañas compartió con nosotros, me ocurrió algo curioso. Estaba en un semáforo con la moto esperando a que se tornara en verde, cuando de repente frente a mí aparece un flamante y reluciente Porsche de última generación. Y sin embargo, me sorprendí a mi mismo sin mostrar el más mínimo atisbo de emoción. Es más, por un momento lo vi hasta cotidiano.

Inmediatamente mi mente fue consciente de ello. Y me pregunté:

¿Por qué?

¿Me estaré haciendo mayor? ¿Ya no me impresionan este tipo de cosas? Era extraño… Alcé la mirada y me encontré en medio de una gran calle madrileña, rodeado de coches, personas, entre edificios en los que no me había fijado nunca, olores que no me había parado a percibir, momentos de los que apenas había sido consciente en la vorágine diaria. Y justo en ese momento me vino una palabra…

INFOXICACIÓN

Hacía tiempo que la había escuchado por primera vez pero, quizás por el propio efecto que describe la misma, la habría dejado en mi mente como todas esas cosas que dejamos en favoritos para ver luego.

Información + Intoxicación

Alguien nos dijo una vez eso de «El saber no ocupa lugar«, mucho antes de que los dispositivos electrónicos empezaran a ser multitarea, y con ello nosotros nos obligáramos a serlo también. La proliferación de internet y la llegada de las redes sociales a nuestras vidas comenzó a ofrecernos información cada vez más interesante, personalizada e impresionante. Imágenes, escritos, habilidades, entretenimiento, consejos, tutoriales… Una fuente infinita de información diaria que no descansa.

Me paso el día disfrutando de impresionante fotografías de coches, motos, looks, paisajes y todo lo que me gusta. Y cuando estoy frente a ellos no soy capaz de emocionarme.

Lo que parecía ser perfecto comienza a tener sus efectos secundarios sobre muchos de nosotros, probablemente aquellos ávidos de aprendizaje, experiencias, con ganas y ambición por crecer son los que lo sufren en mayor medida. ¿Quién diría que esto pudiera llegar a ser negativo?

Paseamos por ciudades impresionantes en las que no nos paramos a observar porque pensamos que aquello siempre estará allí, ya iremos a verlo, ya disfrutaremos de ello. Acumulamos canciones en nuestra playlist esperando la ocasión de escucharlas en un mejor momento. Guardamos fotos con el objetivo de analizarlas más adelante. Ser presas de un diógenes informativo nos hace estar saturados de todo cuanto nos rodea, y ha llegado un momento en el que pocas de ellas llegan a impresionarnos de verdad, porque todas ellas las hemos visto ya, no en profundidad, pero nuestro subconsciente ya la tiene ahí, ya no nos genera ese impacto inicial.

Cierto es que probablemente el hecho de haber tenido esa información al alcance de nuestra mano haya hecho que hoy día existan tantas personas con habilidades muy desarrolladas. ¿Cuántas personas habría en el siglo XX capaces de hacer buenas fotografías? ¿Cuántos escribían sus reflexiones en un espacio público? ¿Cuántos creaban algo que no fuera un producto?

Todo esto es excepcional, y la democratización de la cultura y la información es un hecho impresionante del que podemos estar orgulloso en este siglo XXI. Sin embargo, como cualquier otro aspecto de la vida, debe ser tratado con mesura y equilibrio.

Qué bueno sería poder pararnos unos minutos al día simplemente a observar lo que nos rodea, volver a ser conscientes de aquello a lo que pertenecemos. Y poder respirar hondo sintiendo todos los olores que nos envuelven. Ese olor a lluvia, ese perfume femenino que nos flanquea por un instante, ese olor a pan recién hecho. Dedicar unos minutos en Instagram a observar con detalle esas fotos que guardamos, tratar de recordar porqué lo hicimos, pensar qué y quienes están tras ellas… Escuchar esa canción desgranando la letra, sintiendo las notas vibrar en toda la habitación.

Extrapolándolo a la moda, ser consciente de ese pantalón que cae limpio por la pierna, aquella chaqueta que dibuja tu figura, que acentúa tus proporciones, que disimula tus defectos. Ese color que te sienta bien, ese complemento que suma un detalle no superfluo, ese zapato de líneas perfectas.

¡ Sé consciente de lo que te rodea !

Párate por un momento y trata de observar la foto que encabeza este artículo y piensa en aquello que llevó a Jeremy Bishop a tomar esa perspectiva de ese edificio de Los Ángeles, trata de trasladarte a ese momento, ese día sin nubes en el cielo, de luz intensa, de sombras duras…


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2 comentarios en “La dificultad de sentirnos impresionados.”

  1. Es necesario volver a tener la mentalidad de un niño, la capacidad de sorpresa y de curiosidad para saber valorar cada pequeño o gran detalle del mundo que nos rodea. En definitiva mirar al mundo con ojos de observación sin discriminar su contenido.

    Muchas gracias por el artículo.

    Un saludo.

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