¿Cómo es un esmoquin artesanal de 1975? [Parte I]

Decir que las cosas ya no se hacen como antaño sería caer en la obviedad, pero ¿Qué cosas son como antes a día de hoy? Todo ha cambiado. Nosotros mismos hemos cambiado. Nuestra educación es diferente, nuestras inquietudes son distintas, incluso nuestros problemas de base son distintos en lo que hemos convenido llamar primer mundo. ¿Cómo podemos esperar entonces que las cosas no cambien? En esto estaremos todos de acuerdo.

Lo que exigimos a un traje hoy día nada tiene que ver con lo que se necesitaba hace 50 años, y prueba viva de ello es el esmoquin del que os hablo hoy. Y creo que conforme avancemos en este artículo se entenderá mejor mi reflexión inicial.

Lo descubrí un Domingo, concretamente el 1 de Noviembre de 2020, curioseando por una de las tiendas aledañas al Rastro de Madrid. Lo recuerdo como si fuera ayer. Iba paseando con una amiga sin rumbo fijo perdidos por ese laberinto de calles entorno a Ribera de Curtidores, alejándonos del bullicio nos topamos con una tienda de segunda mano con un interesante abrigo Loden en la puerta que me hizo entrar sin más intención que indagar un rato.

Entre prendas de piel cuarteada y camisas imposibles de los años 80, me sorprendí encontrando trajes de Calvo de Mora, Reventún y otros sastres de renombre probablemente de algún señor mayor fallecido. Paseaba despacio por la tienda abrumado al encontrar tantas cosas interesantes en tan reducido espacio, cuando me giré sin saber muy bien a dónde mirar y allí estaba, colgada de una percha, la chaqueta de esmoquin perfecta. Sus amplias solapas de satén tomaban gran protagonismo, aunque el equilibrio con esos hombros con chorizo y vuelo del que nacían unas mangas de aplomo perfecto era imponente.

Aquella chaqueta de esmoquin, incluso sobre esa percha de plástico doblada lucía impresionante.

¿Quién sería su dueño?

Fue lo primero que imagine en mi cabeza, y no pude evitar la tentación de coger la percha sin preguntar y abrirlo para buscar todo detalle posible.

Nada más cogerla descubro que en su interior también hay un pantalón. ¡Era un esmoquin completo! Mi cabeza ya estaba revolucionándose pensando en comprarlo aunque fuera sólo para poder admirarlo sobre el maniquí que tengo desde hace años en algún rincón de mi casa.

Al sacar la chaqueta de la percha empiezo a ser más consciente de los detalles y observo el ojal a mano de la solapa -aunque a un kilómetro podría identificarse como artesanal aquella prenda-. Busco ansioso etiquetas en su interior que me dieran más información y corroboraran lo que ya a esas alturas era más que evidente. Apareció la etiqueta que podéis ver abajo.

El sastre parecía ser un tal «Jose Liste«, del que no tengo referencia alguna. Incluso posteriormente habiendo preguntado a algún sastre nadie sabía nada de él. Probablemente sería un sastre de barrio más. Y es que en antaño la ropa de colección no estaba tan extendida como ahora. Y aunque para la fecha de la que data este esmoquin -año 75- ya el prét-a-porter estaba en pleno estallido y expansión, es de suponer que aún habría muchísimos artesanos como este que ofrecerían sus servicios a todo aquel nostálgico o cliente habitual de la época, al menos hasta su jubilación y previsible desaparición apartados por la fuerza con la que se movía y avanzaba la industria textil en todo el mundo.

Otro dato interesante que descubrimos por su etiqueta es la ubicación de la sastrería. En el número 50 de la extinta Avenida José Antonio -en referencia a Primo de Rivera- que a principio de los 80 pasó a llamarse Gran Vía (que nos sonará mucho más a todos). Sólo por aportar una curiosidad más, si los números se han respetado con el paso de las décadas, esta sastrería estaría situada en frente de lo que es hoy el Teatro Capitol, muy cerca de la Plaza de Callao. Frente al emblemático edificio Capitol.

Como podemos ver también en la etiqueta, el dueño al menos primigenio de este esmoquin fue un tal Antonio Gálvez y fue confeccionado allá por el 22 de Enero de 1975, es decir hace 49 años. ¡Cuarenta y nueve años! Has leído bien.

De repente una voz interrumpe mi éxtasis y dice de forma inocente: ¡Por qué no te lo pruebas, Salva!

Había estado tan absorto en todos estos datos que ni si quiera había caído en ello, pero lo cierto es que en comparación con el resto de trajes que había visto hasta ahora en aquel sitio este parecía de unas proporciones más normales, así que no ví descabellada la idea. ¡Me lo iba a probar!

Me metí en lo que se intuía que era un improvisado probador para calzarme primero la chaqueta. Mi cara cambió totalmente frente al espejo al comprobar con verdadero estupor que la chaqueta era casi como si la hubieran hecho a mi medida. Los hombros encajaban a la perfección, las mangas caían perfectamente, las solapas eran amplias -como a mi me gustan- y perfectas para mi proporción, el escote se posaba perfecto en mi cuello y lo único que me iba algo justo era la cintura, pues en aquella época estaba algo más orondo, pero el resto era sencillamente IMPECABLE.

Estaba claro, ese esmoquin tenía que venirse conmigo. Se había convertido en pocos minutos en algo más que trozos de tela e hilos. Había una historia detrás, un uso, un diseño, una creación e incluso una fuerte conexión… que me apetecía ir descubriendo con más calma.

Llegué a casa y el esmoquin se tiró colgado de una percha sobre la puerta de un armario varios días, con la excusa de tener que airearlo para quitarle ese olor a cerrado. Durante esos días cada vez que me cruzaba con él por casa lo observaba, volvía a revisar sus detalles y trataba de imaginar en mi cabeza a Antonio Gálvez portando su esmoquin de camino al teatro con una señorita igual de engalanada cogida a su brazo.

Me fascina pensar que tengo el privilegio de contar en mi armario con una pieza de historia de España, su cultura, folclore y sobre todo artesanía.

Justo en el año 1975 moría Francisco Franco, once meses después de que este esmoquin fuera confeccionado por José Liste. Probablemente nos encontrábamos ante un panorama de incertidumbre, aunque sumidos en una bonanza económica e industrial vivida en España durante la década de los 70, a pesar de la crisis del petróleo del 73. España se encontraba a punto de salir de una dictadura de casi 40 años y las ganas de dejar atrás la censura y represión probablemente eran palpables en la sociedad. Ganas de disfrutar, salir, bailar y celebrar la vida sin ataduras ni imposiciones. A punto de surgir movimientos como la movida madrileña, lo moderno y tradicional por aquel entonces sería un contraste constante y extraño. Y lógicamente este esmoquin representaría en ese momento el pasado, lo clásico, tradicional y arcaico. Pero también el summum de la elegancia, pulcritud y protocolo, hoy día aún vigentes cinco décadas después.

Dejando atrás el intento de contextualización de este traje, es impresionante el trabajo artesanal tras cada costura, picado, ojal o terminación. Por ello he querido centrar la parte visual de este primer capítulo principalmente en los detalles y dejar el conjunto completo para la segunda parte. La intención de esto es darle el valor que se merece este aspecto en una prenda como esta, evitando que los gustos personales de cada uno interfiriesen a la hora de evaluarlo.

Y es que se habla a veces de las horas de trabajo de un traje artesanal pero más allá de las fotos de pruebas con sastres no se muestra dónde queda ese trabajo reflejado en la prenda, y a simple vista podemos ver muchas de estas evidencias.

Uno de los primeros detalles suelen ser los ojales en solapa, cruce y martillo -puños-. En este caso sorprende ver tan sólo dos ojales en martillo con una considerable separación, algo muy poco habitual en la época, que lo hace indudablemente especial.

En la foto inferior vemos también el ojal de la cinturilla interior de la bragueta, dentro de un pantalón repleto de detalles artesanales, algo aún menos habitual incluso hoy día en sastrería artesanal.

Un ojal a mano se diferencia de uno industrial en su pulcro acabado, su forma ligeramente elíptica y con mayor abertura. También la presilla de cierre a veces suele presentar una ligera sobretensión en el tejido, formando unas características arrugas fruto de haber apretado en exceso a la hora de dar la puntada. Normalmente un ojal industrial presentará cierto deshilachado en su abertura ya que suelen realizarse como un bordado y luego abren el orificio, mientras que en un ojal a mano se abre previamente el orificio sobre el tejido y posteriormente se refuerza todo el contorno de este con una puntada en la que se intruduce un agremán -un hilo de seda de mayor grosor-

Ese punto rudo en los detalles que podemos ver en este esmoquin y que muchos sastres probablemente tacharán de mala praxis personalmente me encanta.

Diría que la explicación de esta rudeza puede estar en entender que la sastrería por aquel entonces no era un lujo como lo podemos entender hoy. Es decir, como he comentado antes, en aquella época habría probablemente varios sastres y modistas en cada barrio, de muchas calidades diferentes pero sobre todo muchos pensados para surtir de trajes a cualquiera. Y durante muchos años los únicos trajes que existían sólo se confeccionaban a mano, y aunque la gente no llenaba su armario de ellos sí que los vestía a diario. Por ello los trajes se hacían para durar en todos los sentidos. Tejidos, ojales, costuras… todo cumplía una función y era durar en el tiempo. Las exigencias estéticas exteriores más allá de los patrones probablemente pasaban a un segundo plano. Y más aún para el sastre de barrio que querría ofrecer un precio competitivo a sus vecinos.

Sigamos deleitándonos con mas rincones de este esmoquín, como el interior del martillo que vemos bajo estas líneas. Podemos apreciar la terminación interior habitual de un ojal a mano, aún más ruda que su parte vista, además de el cosido del forro interior de la manga.

El detalle curioso que vemos en la imagen de arriba es la terminación interior de una pinza trasera del pantalón, que en su interior ha sido forrada. Algo muy poco visto hoy día.

Bajo estas líneas vemos el contraste de la sarga de satén de la solapa y el tejido hopsack del resto del esmoquin. Sí, el tejido merece mención a parte y reflexión con ello pues presenta una característica curiosa. Y es que más allá de tratarse de un tejido tipo esterilla o saco, tiene un tacto áspero y seco. Muy impropio de lo que sería un esmoquin hoy día, que contaría con un tejido mucho más noble y fino -en la acepción completa de esta palabra-.

¿Por qué se escogería este tejido entonces?

Siguiendo con mis elucubraciones, y entendiendo que el esmoquin antaño era mucho más que un traje de gala para ocasiones especiales y su uso debería ser mucho más cotidiano de lo que hoy día lo entendemos. Probablemente su portador asistiría de forma frecuente al teatro u ópera, donde era habitual asistir con este atuendo. También de tratarse de una persona con cierto rango social a cualquier fiesta que asistiese era probable que el dress code fuera también de esmoquin para hombres. Por tanto, es de suponer que este traje en aquella época estaría concebido como de batalla y mucho uso, de ahí el sentido de escoger un tejido resistente y duradero.

Aquí arriba vemos el picado interior de la solapa, un trabajo laborioso que ya casi ni se realiza a mano en sastrería artesanales. Presentando un perfecto remate del canto de la vista de satén de la solapa.

Cuanto mayor es el detalle fotografiado más impresionan las proporciones, los materiales, contrastes… Dos fotografías más abajo vemos el detalle del vivo lateral del pantalón. Una vez más nada que ver con los de hoy día. Este recuerda casi más al de un chándal de los ochenta que al de un esmoquin, otro curioso detalle de la concepción realmente informal de esta prenda.

Simplemente disfrutemos de más rincones, como los bolsillos laterales de vivos, sin tapetas, discretos, funcionales. O los botones exteriores para tirantes con la curiosa inscripción «alta novedad» en todos ellos. Exactamente igual a los de la bragueta, otro apartado que personalmente me encanta en este tipo de pantalones, con su cinturilla interior, botones de refuezo, ojales en costuras con presillas y un largo etcétera…

La pulcritud de la parte exterior de cada pieza contrasta con la rudeza y desaliño interior, presentando incluso aún ciertos hilvanes no retirados. Algo que se aprecia mucho más en el pantalón.

Quizás ciertas partes no entiendas ni a qué corresponden hoy, pero algo que en el próximo capítulo estoy seguro que vislumbrareis con mayor claridad.

Podría poner decenas de fotos más porque no me canso de admirar cada detalle de estas prendas que gracias a la fotografía en detalle nos hace aún más conscientes de su nivel y diferenciación.

Espero que hayas disfrutado tanto como yo con este artículo. Recuerda que cualquier comentario, sugerencia o idea es siempre bienvenida en el espacio que encontrarás más abajo.

Un saludo


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6 comentarios en “¿Cómo es un esmoquin artesanal de 1975? [Parte I]”

  1. Muy interesante artículo.
    Recuerdo varios sastres en la Avenida de José Antonio hoy Gran Vía pero todos en la acera de los impares, como bien dices en los años 70 y sobre todo en los 60 la gente, incluso clase trabajadora, cuando necesitaba un traje iba a un sastre, de hecho había sastres de barrio. También influía que los precios, salvo los Reventún, Pajares y compañía eren mucho más ajustados, por poner un ejemplo en el año 1987 Córdoba cobraba aproximadamente entre 90.000 y 100.000 ptas por traje y Manuel Núñez 70.000, si tenemos en cuenta que el sueldo de una secretaria erá de unas 95.000 ptas vemos en comparación la subida actual de los precios de la sastrería.
    Un saludo

    1. ¡Me alegro que te haya gustado! Qué buenos e interesantes datos! Supongo que también al haber más oferta, la competencia era mayor y los precios más bajos. Pero también es que había más mano de obra también. Es una pena que estos oficios hayan quedado tan reducidos. Pero al margen de la evolución del textil, es culpa del sector que no ha sabido salvaguardar su gran valor.

      Pero bueno, cosas que pasan… y de todo se aprende. Por suerte contamos con una generación de sastres con muchas ganas e iniciativa que están empujando fuerte.

      Un saludo.
      Salva

  2. Juan Carlos Vivó

    Por lo cotidiano de la sastrería en aquella época. Me crié en Albacete y en los setenta había en una ciudad pequeña en torno a cuarenta sastres funcionando, según me dijo mi abuelo. Yo recuerdo ver algunos y, en la actualidad hay apenas quedan.

    1. Justo. Cuando conocí a Victor Bautista en Albacete su padre me dijo que en los años 50 había sólo en Albacete más de 50 sastres, al ser una ciudad próxima a la capital.

      Es que tenemos que tener en cuenta que hasta después de la segunda guerra mundial la industria textil no se desarrolló de forma masiva, por lo que los únicos productores de prendas eran locales. Y tan locales que eran pequeños talleres en las propias urbes como podrían ser panaderías o una cuchillería. Y es que hasta los años 80 en España no se abren los primeros centro comerciales (Baricentro en Barcelona y La Vaguada en Madrid). La forma de comprar era muy distinta a la actual.

  3. Buenas tardes,

    hacía mucho que no disfrutaba tanto de un artículo suyo. A mí también me ha llamado la atención la tela para ser un esmoquin, pero la verdad que gusto de mano de obra y creo que aún se está pellizcando de fuese su talla.

    Muchas gracias por retomar la actividad de su blog, deseando leer la segunda parte.

    PD: Excelentes fotografías.

    Eneko

    1. Hola Eneko.

      Me alegra mucho que lo hayas disfrutado, reconozco que yo también he disfrutado mucho volviendo a hablar de sastrería al detalle, y recordando las sensaciones en relación con esta prenda. Porque creo que esto es lo que de verdad diferencia una prenda artesanal de otra industrial, que detrás hay verdaderas historias que contar.

      Un saludo
      Salva

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