¿Debo serle fiel a mi perfume?

El perfume ha sido a lo largo de la historia una forma de distinción, elegancia y de construcción de la propia subjetividad. Hay perfumes que se proyectan sobre quienes los llevan como una suerte de aura: algo que pasa a identificarles de por vida. Todos recordamos, por ejemplo, el olor de determinadas personas. Es una de esas informaciones que permanecen en nuestro cerebro incluso décadas y que cuando vuelven a aparecer sin avisar, fugazmente sobre otra persona, nos causan una leve turbación.

Y es que también somos nuestros sentidos y el aroma que desprende alguien relevante en nuestra vida, se queda grabado a fuego en nosotros. En la maravillosa película de Wes AndersonViaje a Darjeeling, el personaje interpretado por Jason Schwartzman lleva consigo un frasco de colonia que su ex le ha metido en la maleta. Cuando este se lo muestra a sus hermanos, que viajan con él, deciden que para superar la ruptura debe deshacerse de él. Toscamente, lo destrozan contra una ventana. Hay unos segundos mágicos en que los tres hermanos se miran mientras huelen el aire impregnado de perfume, extrañados y maravillados, hasta que uno pregunta: “¿Es ella?”, “sí”, responde el otro, “es claramente ella”. Con eso quiero decir que el vínculo sentimental y emocional con un perfume es de una intensidad parecida al que guardamos con las personas que lo llevan. Es más, identificamos a esas personas por ese perfume. Lo que nos da una rápida muestra de la importancia del perfume en nuestras vidas y en nuestras relaciones. Son parte del embrujo que nos constituye y con el que atrapamos a los demás.

Durante mucho tiempo, el olor que uno desprendía era su firma. Salvo en contadas ocasiones, se llevaba el mismo perfume durante toda una vida. Por ejemplo, desde Guerlain, se había creado una hermosa tradición en la que las mujeres llevaban a sus hijas adolescentes a elegir su primer frasco en la famosa maison française. Ese rito significaba el paso a la edad adulta, el momento en que la niña se convertía en mujer. Se pretendía que ese perfume se llevaría dignamente durante toda una vida.

Actualmente, el perfume debe confrontarse con otros usos y otras formas de entenderlo. Es mucha la gente a la que le parece sumamente aburrido utilizar un mismo perfume toda la vida. Al fin y al cabo hay tantos perfumes como ocasiones. Algunos son ideales para el verano, otros para el invierno; unos son de día, y otros de noche; unos son para climas calurosos y otros para días soleados; unos son ligeros y otros pesados; unos son casuales y otros formales. Unos nos dan alegría de vivir y otros una agradable melancolía. Los perfumes son estados de ánimo, su paleta emocional es infinita, y como la ropa, se pueden combinar de mil maneras distintas. Es por ello que hay quienes reivindican el perfume como mood, como gesto creativo. Como una forma poética de estar en el mundo. Un capricho que obedezca al instante y que nos haga sentir bien en momentos diferentes de la vida o del año. En otras palabras, hay quienes están convencidos de que el perfume, lejos de ser algo rígido y conservador, debe ser la pura celebración de cada instante. Que debe maridarse como el buen vino: según la ocasión, con el mismo rigor y siempre con absoluta libertad.

Esta idea resulta ciertamente atractiva en puntos de inflexión vital: esos momentos en los que uno desea romper con el pasado y con la rutina. Es entonces que un cambio de perfume se antoja como una nueva etapa. El deseo de ser otro. Pero la verdad es que aunque ese nuevo uso seduzca principalmente a las empresas del sector, a nivel personal es complejo dilucidar cuál sería la mejor manera de entenderlo. Quizás una mezcla de las dos. Quizás haya momentos en los que uno se deje llevar por el charme infinito del gran tejido de olores del mundo y momentos en los que uno quiera identificarse con uno solo. Como en las relaciones. Usar varios perfumes es una experiencia que puede oscilar entre la fascinación, el goce del descubrimiento, y la inestabilidad del yo. Como si de alguna manera, me permito la metáfora, el perfume también nos fijara. Diré, bromeando, que puede suceder que uno encuentre el perfume adecuado, el que le roba el corazón, y que se dé cuenta de que lo prefiere a todos los demás. De fidelidad también sabe el perfume. Así que, estimados lectores, no tengo demasiado más que decir sobre este tema.

¡Experimentad, experimentad, y luego amad!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *