Tener estilo sin seguir tendencias.

El objetivo que todo el mundo dice perseguir, y casi nadie alcanza.

Hay frases que se repiten tanto que acaban vaciándose de significado. «Yo no sigo tendencias« es una de ellas. Lo dicen influencers que estrenan prendas cada semana. También el que lleva todo de una marca concreta porque es de su estilo. Lo dice, incluso, el que se compra la misma cazadora que todos porque la vio en Instagram. Todo el mundo quiere tener estilo propio, pero nadie quiere admitir que lo que tiene es simplemente la tendencia del momento bien ejecutada.

Y sin embargo, tener estilo real —ese que persiste cuando cambian las temporadas, que no depende de que una marca lo valide, que se reconoce en una persona antes de saber qué lleva puesto— es una de las cosas más escasas y más difíciles de construir en la moda actual.

¿Por qué es tan difícil? Y más importante: ¿por qué tanta gente cree haberlo conseguido cuando en realidad no ha hecho más que seguir la tendencia?

El problema de partida: confundir estilo con gusto

El estilo y el gusto no son lo mismo, aunque se confunden constantemente. El gusto es reactivo: responde a lo que ves, a lo que te atrae en un momento dado, a lo que te parece bonito hoy. El estilo es constructivo: es una selección consciente o inconsciente de criterios que se mantienen en el tiempo y que crean coherencia entre lo que eres y lo que vistes.

Puedes tener muy buen gusto —saber reconocer una buena confección, distinguir proporciones bien resueltas, apreciar un color interesante— y aun así no tener estilo propio. Porque el buen gusto sin identidad es una antena que capta bien las señales del exterior pero no emite ninguna propia.

La industria, por supuesto, vive de que confundas ambas cosas. Cada temporada te ofrece un menú de opciones curadas, bien fotografiadas, bien narradas, diseñadas para que sientas que eso eres tú. La máquina entera —desde las pasarelas hasta el algoritmo de Instagram— trabaja para que tu gusto personal y la tendencia del momento resulten indistinguibles.

¿Por qué es tan difícil escapar de las tendencias aunque quiera?

Aquí está el dato que nadie quiere escuchar: la tendencia no es solo lo que está de moda ahora. Es el conjunto de referencias visuales que han saturado tu entorno desde que empezaste a prestar atención a la ropa.

Si creciste en los 2010 absorbiendo imágenes de slim fit, tobillos al aire y Oxford impecables, eso se quedó grabado como lo correcto. Si llevas años en Instagram mirando contenido de streetwear japonés, tu sentido del estilo personal estará inevitablemente contaminado —o enriquecido, depende de cómo se mire— por esas referencias.

No hay construcción de estilo en el vacío. Nadie inventa desde cero. El problema no es que tengas influencias: es no ser consciente de ellas. La persona que cree tener estilo propio pero no sabe nombrarlo, no sabe de dónde viene, no puede defender por qué hace las elecciones que hace, probablemente no ha llegado tan lejos como cree.

Esto tiene una consecuencia práctica: la gente que más habla de tener estilo propio suele ser la que menos lo examina. Y la que realmente lo tiene suele ser más humilde respecto a sus influencias, más consciente del proceso, más capaz de señalar exactamente qué ha tomado prestado y de quién.

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El papel de las tendencias: ¿enemigas o materia prima?

Hay dos tipos de relación con las tendencias:

La relación reactiva. Compras lo que está de moda porque está de moda. A veces lo racionalizas —«es que me gusta»«es que es práctico»«es que queda bien con todo»— pero la causalidad es clara: primero llegó la tendencia, luego llegó tu interés. Esta es la relación que tiene la mayoría de la gente, incluida mucha que cree tener criterio.

La relación selectiva. Observas las tendencias como material disponible. A veces una tendencia coincide con algo que ya formaba parte de tu vocabulario visual, y la incorporas sin que cambie nada fundamental. Otras veces pasa completamente de largo sin que te importe. Lo que guía las decisiones no es qué se lleva sino qué encaja con lo que ya soy.

La diferencia entre ambas no es de intensidad sino de origen: ¿Empieza el proceso en ti o en el exterior?

Esto no significa que haya que rechazar las tendencias por principio —eso sería otra forma de dejarse gobernar por ellas, esta vez por oposición. Significa que la tendencia debería ser siempre materia prima, nunca brújula.

La paradoja del anticonformismo

Existe un fenómeno curioso que merece su propio apartado: el anticonformismo de moda se ha convertido en tendencia.

El quiet luxury, el minimalismo austero, el old money, el rechazo visible al logocentrismo, el no logo que paradójicamente se ha convertido en el logo de una clase social determinada —todo eso es tendencia. Una tendencia más sofisticada, más costosa de ejecutar, más difícil de detectar como tal, pero tendencia al fin y al cabo.

La persona que viste íntegramente en Loro Piana y Brunello Cucinelli porque no quiere seguir tendencias está siguiendo exactamente la tendencia de su tribu social, tan fielmente como el que compra lo que sale en el lookbook de Mango. La diferencia es económica y de referente cultural, no estructural.

Lo mismo ocurre con ciertas corrientes del vestuario masculino más informado: el tipo que combina un Barbour de veinte años, unos Levi’s 501 heredados y unos mocasines Paraboot tampoco está exactamente fuera de una corriente estética reconocible. Está dentro de otra, más pequeña, con mejores argumentos históricos, pero igualmente codificada.

Esto no es un problema en sí mismo. El problema es creer que salir de una tendencia implica automáticamente entrar en el territorio del estilo personal. No es así. Solo has cambiado de referente.

Entonces, ¿qué hace que alguien tenga estilo de verdad?

Si tuviera que reducirlo a sus componentes esenciales, diría que hay tres:

Coherencia temporal. El estilo real no oscila violentamente de temporada en temporada. Evoluciona —todo evoluciona— pero lo hace lentamente, con continuidad reconocible. Puedes ver fotos de alguien de hace diez años y, aunque los detalles hayan cambiado, reconocer a la misma persona. Eso no es rigidez; es identidad.

Conocimiento del propio cuerpo y del propio contexto. Tener estilo no es llevar ropa bonita; es llevar ropa que funciona para ti, en tu vida, con tu cuerpo, con tus circunstancias. El que sabe exactamente qué proporciones le favorecen, qué paleta de colores le funciona, qué nivel de formalidad encaja con cómo vive su día a día tiene una ventaja enorme sobre el que simplemente copia lo que le parece interesante en otros.

Indiferencia selectiva. No hacia todo —la indiferencia total hacia la moda suele producir resultados pobres— sino hacia las tendencias que no conectan con lo anterior. El estilo real requiere saber decir que no. No porque algo sea feo o esté mal —puede estar muy bien— sino porque no es tuyo. Esa capacidad de rechazar cosas atractivas porque no encajan es posiblemente la más difícil de desarrollar y la más definitoria del estilo personal.

El problema del mercado actual

Todo lo anterior se hace más difícil en el contexto de la moda contemporánea, que opera a una velocidad diseñada específicamente para impedir la sedimentación del gusto.

El ciclo de tendencias que antes duraba años ahora dura semanas. TikTok ha creado microtendencias con vida útil de meses que sin embargo consiguen penetrar en el armario de suficiente gente como para crear presión social real. El resultado es un consumidor permanentemente en modo reactivo, incapaz de escuchar qué quiere porque el ruido exterior no para.

En este contexto, construir estilo propio requiere algo que suena simple y es extremadamente difícil: tiempo sin comprar nada nuevo. Tiempo para llevar lo que ya tienes, para entender qué te pones de verdad y qué no te pones nunca, para identificar los patrones que se repiten en tu armario y preguntarte si son elecciones activas o simplemente acumulación.

El armario real —el que usas, no el que tienes— dice más de tu estilo que cualquier declaración de intenciones.

Conclusión: el estilo no se declara, se demuestra

Volviendo al principio: «Yo no sigo tendencias» es una frase que casi nunca es verdad en sentido absoluto, y que cuando más se dice, menos suele serlo.

El estilo real no necesita esa declaración. Se reconoce en la consistencia, en la coherencia entre lo que alguien es y lo que viste, en la capacidad de funcionar con calidad antes que con cantidad, en las elecciones que se mantienen cuando la tendencia ha cambiado y nadie te presiona para cambiar con ella.

Es un objetivo legítimo y alcanzable. Pero requiere algo que la industria de la moda lleva décadas intentando que no hagamos: pararnos, mirarnos, y decidir desde dentro.

¿Tienes estilo propio o tienes buen gusto para seguir tendencias? La diferencia importa más de lo que parece.

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Las imágenes que ilustran este artículo han sido sacadas de la web de pjt.com marca y sastrería de origen australiano que casa con el estilo que se quería transmitir en este artículo.

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