El descarado color mostaza

Llamarle mostaza ya es una declaración de intenciones. No es amarillo, ni es naranja, ni es marrón. Es un color que no encaja en ninguna categoría y quizás por eso mismo incomoda a quien necesita que las cosas encajen.

Personalmente nunca he escondido mi simpatía hacia este color. Incluso desde hace años forma parte de los colores corporativos de este blog. No sé si es por mi pasión por los atardeceres o mis predominios cálidos en la fotografía pero siempre ha sido una gama cromática que me ha atraído mucho.

Antes de que existiera ninguna moda, antes incluso de que hubiera ciudades, los humanos ya usaban el ocre. Una mezcla de arcilla, arena e hidróxido de hierro que la tierra ofrecía lista para usar. El ocre es uno de los pigmentos más antiguos de la humanidad, y venía ya fabricado, sacado directamente de las entrañas de la tierra. Lo que hoy llamamos mostaza es, en buena medida, ese mismo amarillo oscurecido por el tiempo y por la mano del hombre: un color que no llegó a amarillo porque decidió quedarse a mitad de camino, entre el sol y la tierra.

El nombre viene de la planta. Las semillas de mostaza son beige-marrón. Lo que le da al condimento su color característico es la adición de cúrcuma, la raíz de una planta que ha teñido telas desde hace miles de años. Artesanos de la civilización del valle del Indo, alrededor del 2500 a.C., ya machacaban semillas y raíces para extraer ese pigmento dorado, usando alumbre como mordiente para fijarlo a la tela. No es un color inventado por ningún diseñador. Es un color con siglos de historia.

A lo largo de la historia, este tono ha reaparecido constantemente. Prácticamente cada década del siglo XX tuvo su propio amarillo tostado: el oro rico de los años veinte, el amarillo radiante de los treinta, el mimosa apagado del diseño moderno de mediados de siglo, el harvest gold de los setenta combinado con verdes aguacate y rojos óxido. No es una casualidad. Es que el mostaza funciona, y el ojo humano lo sabe desde antes de que existiera Pantone.

En psicología del color, el amarillo —y el mostaza como variante suya— opera de manera específica sobre el estado de ánimo. El instituto Pantone lo describe como una versión más especiada del amarillo tradicional, un color inusual y sorprendente que añade vibraciones energéticas. Pero el mostaza tiene algo que el amarillo puro no tiene: no grita. Donde el amarillo señaliza y alerta, el mostaza simplemente está. Con convicción, sin estridencia.

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Es esa característica la que lo hace útil en ropa de hombre. El miedo habitual a los colores cálidos en el armario masculino suele venir de confundir intensidad con protagonismo. El mostaza es intenso, sí, pero está templado por su componente terroso. Una camisa de sarga mostaza —con sus bolsillos de parche y sus botones de nácar crema— no compite con quien la lleva. Lo acompaña.

El tejido importa. El mostaza en un satén sintético es una cosa distinta al mostaza en un tencel de caída suave, o en una lana cepillada, o en un algodón de espiga. Cuanto más mate y más texturado el tejido, más se ancla el color en lo terroso y menos en lo llamativo. Es ahí donde el mostaza deja de ser un color y se convierte en un aliado.

Las combinaciones que funcionan no son las esperadas. El azul marino es demasiado obvio, demasiado complementario de libro. Más interesante es el marrón chocolate, el verde oliva oscuro, el gris antracita o el burdeos apagado. Colores que también vienen de la tierra, que hablan el mismo idioma. El mostaza con blanco roto y denim desgastado funciona porque todo está en el mismo registro cromático: cálido, un poco envejecido, sin artificios.

Lo que el mostaza pide a cambio de su generosidad es honestidad. No funciona bien en prendas de mala confección, porque su calidez amplifica cualquier defecto de caída o construcción. En cambio, sobre una prenda bien hecha, ese tono terroso y ligeramente amargo tiene algo de inevitable. Como si siempre hubiera estado ahí.

El mostaza no es solo una combinación de amarillo, naranja y marrón. Es un color que ha acompañado al hombre desde los comienzos de su existencia, desde las paredes de una cueva hasta los escaparates de una ciudad. Quizá eso explica por qué, cuando te lo pones bien, no parece que estés siguiendo ninguna moda. Parece que simplemente has acertado elegiendo.

Un saludo

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2 comentarios en “El descarado color mostaza”

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