Mariano Rubinacci, nos deja un icono de la sastrería napolitana.

Hoy, 18 de Febrero de 2026 nos deja uno de los mayores responsables de que la sastrería napolitana esté considerada hoy día una de las más reputadas del mundo.

Resulta curioso pensar que todo empezó por casualidad. En 1932, Gennaro Rubinacci -su padre-, un comerciante de arte con amigos influyentes y un gusto exquisito, abrió un taller en Nápoles al que llamó London House. No sabía coser, pero sabía mirar. Y esa mirada, educada en la pintura y en las tertulias con la aristocracia, le bastó para rodearse de los mejores. Así llegó Vincenzo Attolini, el artesano que revolucionó la sastrería mundial inventando la chaqueta desestructurada: sin hombreras, sin rigideces, con esa manga «a mappina» que permite el movimiento y ese bolsillo «barchetta» que parece un pequeño barco surcando la solapa. Un prodigio de aparente sencillez que, en realidad, exigía un dominio absoluto del oficio.

Mariano tenía solo 18 años cuando su padre fallece. Demasiado joven, quizá, para cargar con un legado que ya vestía a la familia real italiana y a intelectuales como Curzio Malaparte. Demasiado inexperto, seguramente, para sostener un negocio que dependía de la confianza de una clientela exigente y discreta. Pero la vida, a veces, acierta colocando a las personas en el lugar exacto donde deben estar. Y Mariano no solo mantuvo vivo el taller: lo transformó.

Lo primero que hizo fue cambiar el nombre. London House pasó a ser Rubinacci. Una declaración de intenciones. Ya no se trataba de evocar la elegancia inglesa, sino de afirmar que Nápoles tenía algo que decir por sí misma. Después, emprendió un viaje silencioso pero implacable para llevar ese estilo al mundo. Abrió en Milán, en Tokio, en Nueva York. Y, en un gesto que cerraba un círculo perfecto, en 2005 inauguró una tienda en Mayfair, en el corazón de esa Londres que su padre tanto había admirado. La periferia volvía al centro para demostrar que ya no era periferia.

Quienes tuvieron la fortuna de conocerlo describen a un hombre de trato suave, casi tímido, pero con una seguridad interior que imponía respeto. No era de esos profesionales que te abruman con indicaciones técnicas o te corrigen la postura. Al contrario. Se sentaba frente al cliente, hablaba de cualquier cosa, observaba. Y en esa observación silenciosa descubría lo que ni siquiera tú sabías de ti mismo. Después, elegía el tejido –casi siempre inglés, de la mejor procedencia– y comenzaba un proceso que podía durar sesenta horas de trabajo artesanal. No había prisa. La prisa, solía pensar, es enemiga de la distinción.

Parece mentira que, con esa filosofía pausada, lograra conquistar el mundo. Pero lo hizo. Calvin Klein confiaba en él. Luciano Pavarotti le confiaba su imagen. Y los grandes museos –el Victoria and Albert de Londres, el FIT de Nueva York– recurrían a su archivo personal para entender la evolución de la elegancia masculina. Porque Mariano, además de vestir a sus contemporáneos, había tenido el acierto de conservar el pasado. En su taller napolitano guardaba libretas de pedidos de los años treinta, prendas originales de aquel entonces, testimonios vivos de una tradición que muchos daban por perdida.

Ahora que se ha ido, uno piensa en lo difícil que debe ser mantener durante décadas un oficio como este. En las últimas décadas, la producción de Rubinacci cayó de 1.500 trajes anuales a aproximadamente la mitad. No por falta de clientes, sino por falta de manos. Encontrar jóvenes dispuestos a dedicar años a dominar un arte que exige paciencia, humildad y una obsesión casi enfermiza por el detalle se ha convertido en una misión casi imposible.

Afortunadamente, la familia sigue al frente. Luca, su hijo, heredó el talento y la visión. Chiara gestiona la tienda de Londres. Alessandra trabaja en Nápoles. La tercera generación ha recogido el testigo con la misma naturalidad con la que Mariano recogió el de su padre. Y aunque él ya no esté, sus manos probablemente de alguna forma seguirán presentes en cada chaqueta que salga del taller.

Porque al final, quizá, de eso se trata todo esto. De entender que hay gestos que trascienden a quienes los ejecutan. Que una chaqueta bien hecha no es solo un objeto, sino la materialización de una manera de entender la vida: libre, elegante, natural. Mariano Rubinacci entendió eso como nadie. Y por eso, aunque hoy Nápoles llore su ausencia, su lección permanecerá intacta en cada prenda que lleve su nombre. Y qué mérito tiene haber puesto la sastrería en el mapa, sin haber sido personalmente sastre. Bravissimo !

Gracias por leer hasta aquí.
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