En Linkedin contaba hoy -en este artículo– Todos los años, al revisar mi portafolio, surge en mí una reflexión inevitable sobre mi evolución profesional. Mi camino, que comenzó tras planos y lápices en la carrera, ha ido ramificándose de un modo que nunca habría previsto, influyendo irremediablemente en mi forma de mirar hoy día tras el visor de una cámara.
Pero en un mundo que a menudo nos empuja a la hiperespecialización para muchos, esa presión es la excusa perfecta para reducir su repertorio creativo hasta mínimos que, creo, traspasan lo estratégico.
Soy de los que piensan que un buen profesional -de cualquier rama- es aquel capaz de resolver problemas a sus clientes o empresa . Y convertirte en una herramienta multiusos suiza no es el camino ideal para todos, pero lo cierto es que a mí esta filosofía diría sin miedo a equivocarme que me ha convertido en un profesional versátil y camaleónico en cualquier puesto del que he formado parte.
Montesquieu hablaba del «espíritu de las leyes», de la importancia del contexto sobre la norma rígida, concepto que aplico a mi filosofía creativa: no hay una herramienta universal, sino la necesidad permanente de aprender la ley no escrita de cada nuevo lenguaje profesional. Esto no va de seguir protocolos, sino de ejercitar el sentido común en todo aquello que hagas.
Dicho esto, y regresando al mundo creativo, no es que sea un defensor obsesivo de dominarlo y controlarlo todo, pero sí lo soy de la versatilidad inteligente.
Poniéndonos en cuestiones prácticas, y llevándomelo a mi terreno, diría que para una empresa poder disponer en una misma persona la resolución -sin complicaciones- de los apartados de fotografía y vídeo 🎬 ya suele ser algo poco habitual en esta industria. Pero que además esa misma persona pueda complementar con tomas aéreas de dron y dar vida a renders y fotografías mediante IA generativa es ya toda una odisea.

Habitualmente para estas lides necesitarías al menos 4 profesionales distintos, 4 facturas distintas y coordinar 4 proyectos realmente. En mi caso la versatilidad me permite hoy día poder hacer frente a estos 4 roles si la ocasión lo requiere.
Siempre me ha chirriado esa gran frase a la que muchos se abonan quizás con demasiada frecuencia y soltura: “Esa no es mi especialidad”. Quizás porque soy más aficionado a aquella respuesta alternativa que me enseñó mi madre cuando -hace ya muchos años- comenzaba a iniciarme en el mundo laboral. Y dice así: “Dame tiempo para aprenderlo y lo haré”.
En un mundo profesional que se transforma a velocidad exponencial, nuestra capacidad de aprender, desaprender y reaprender no es una táctica: es nuestra firma más valiosa.
Y, creedme, no es un camino fácil -a veces incluso desconcertante- pero mucho más interesante e instructivo que quedarse siempre en el mismo angular.
¿Vosotros también creéis que la versatilidad, guiada por el sentido común, es el nuevo lenguaje del valor profesional? 💬
Un saludo
Salvador Godoy
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