¿Qué pasará?

Todos somos conscientes, y quien no lo sea mejor que lo vaya siendo, que la vida tal y como la conocíamos hasta ahora va a cambiar mucho a consecuencia de esta pandemia. Y no lo digo en sentido derrotista. Sectores como el Turismo, Hostelería, y Comercio se ven irremediablemente afectados ya no sólo por la imposibilidad de abrir con normalidad sino por la incertidumbre económica que supone, en el caso de España, contar actualmente con más de 21 millones de personas (el 44% de la población) que de una forma u otra dependen económicamente del Estado.

La clave es que este panorama no será únicamente circunstancial, ya que a partir de ahora tendremos que lidiar con varios factores que determinarán la evolución ya no sólo del sector sino de la economía en general. Y es que parece ser que esa vida social que tanto nos identifica es también uno de los motores centrales de la economía mediterránea.

A esto hay que sumarle la inevitable crisis laboral y empresarial que sufriremos derivada no sólo de los cambios en nuestra forma de vida, sino también por la bajada de consumo de la mayoría de sectores. La pregunta interesante sería…

¿Hemos aprendido algo de la crisis anterior?

Recordemos que todavía estábamos levantando cabeza del anterior varapalo económico cuando inesperadamente golpea esto en nuestras vidas, pero… ¿Estábamos haciendo lo correcto antes para salir de ello?

Muchos empresarios pensaron en 2008 que, para facilitar las cosas a esa población que estaba viendo mermada su economía, lo ideal era ofrecerles productos baratos que pudieran consumir con alegría. Sin embargo, otros prefirieron dar valor a sus productos y, en contra de toda tendencia, esforzarse por el desarrollo. Y por ello en la última década, la sociedad ha ido polarizándose entre los que querían seguir acumulando, y los que pretendía deshacerse de todo lo superfluo e inútil. Es por eso que hemos visto crecer, y convivir, tendencias de consumo low-cost exagerado con corrientes minimalistas de alcance mundial como las de la conocida Marie Kondo.

¿Qué es mejor?

Hay un proverbio chino que dice: “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”.

Parece lógico pensar que cuando los recursos son escasos, lo sensato es basar tanto la venta como el consumo en una política de precios ajustada. Sin embargo, con esto estaremos dejando que la industria nos haga dependientes de ella, que es de lo que se trata. Cuando lo realmente útil es cambiar la mentalidad. Pero claro esto resulta mucho más complicado.

Es mucho más fácil dejarnos llevar por un buen descuento que pararnos de verdad a pensar si de verdad tenemos realmente necesidad de ese producto, y sobre todo ser conscientes de qué plazo de tiempo nos hará felices eso.

Todo esto resulta un tema complicado, porque la industria se ha justificado pensando que lo que siempre han necesitado es volumen de producto que a su vez genera volumen de venta y este a su vez de negocio y por lo tanto ello garantizaría más empleo y crecimiento. El problema radica en que para tener un gran volumen de venta tienes que poder llegar a mucha gente, y para ello el camino más fácil y directo es el precio.

Volumen de productos > Volumen de ventas > Volumen de trabajo > Volumen de empleo

Pero, cuidado, porque todo tiene sus pros y contras, y esta deducción que parece lógica y brillante, tiene muchos peligros escondidos que pueden llevarnos no sólo hacia un mal uso de los recursos sino hacia el malgasto de nuestro dinero de manera reiterada.

¿Qué implica un precio económico?

  • Reducir el tiempo de reflexión del cliente, al considerar menor riesgo de gasto. (“Lo compro porque es barato.”)
  • Postergar la decisión final a una vez adquirido. (“Ya veré qué hago cuando llegue a casa”)
  • Mitigar el nivel de exigencia, ya que a un producto barato no se le presupone una calidad aparejada.
  • Pereza en la devolución. (“Es tan barato que me da pereza devolverlo, se lo regalaré a mi hermano, que seguro que le sirve”)
  • Favorece la compra variada. (“Voy a Primark y por 50 euros me compro 4 vaqueros”)
  • Potencia la compra poco razonada y la acumulación.

Por esto las empresas prefieren “dar pescado”, ante que “enseñar a pescar”. Pero…

¿Qué sería enseñar a pescar en esta industria?

Algo que es probable que jamás nos va a enseñar una marca convencional de ropa, porque va en contra de sus intereses: Aprender a comprar ropa. Aunque cierto es que varias personalidades de la industria han manifestado su descontento con las tendencias de venta/consumo de los últimos años. Y es que recordemos que uno de los países más afectados por esa pandemia es Italia, precisamente uno de los epicentros mundiales de la moda.

Lo que está claro es que, queramos o no, la moda va a cambiar al menos en el corto y medio plazo, puesto que nuestras vidas ya están cambiando. Vestir ropa no deja de ser un acto social (incluso comprarla) y si los actos sociales se están viendo reducidos y alterados de manera notable, es lógico pensar que esto de alguna forma u otra afectará a nuestra forma ya no solo de consumir sino vestir. Por ejemplo, es probable que al menos en lo que queda de año no haya más conciertos, festivales, discotecas, cenas de gala, eventos y muchos otros actos en donde nos vestíamos de manera determinada. A ello le sumamos que, sin exagerar ni un ápice, nos encontramos en una situación de supervivencia y desconcierto. Ahora sólo importa lo esencial, ver a nuestros seres queridos, estar con ellos, mantener nuestros empleos y hacerlo todo de la manera más segura posible. Cabe pensar que la vestimenta, el lucirse o sentirse más o menos atractivo ha podido pasar a un segundo plano pues con mascarillas, guantes y demás enseres protectores todo parece haber perdido cualquier atisbo de personalidad y atractivo.

Personalmente yo mismo desde el confinamiento he notado un cambio en mi forma de vestir, tornándose más relajada, cómoda y práctica. Quizás motivado por pasar más horas en casa teletrabajando, por relacionarme menos con la gente o precisamente por asistir a menos eventos y actos sociales.

Entonces, ¿Esto es malo?

Sinceramente creo que no, nuestra forma de vestir evoluciona, cambia y se adapta a nuestro entorno, necesidades y estilo de vida. Igual que no tiene sentido estar trajeado frente al escritorio de tu casa, tampoco lo tiene el ir a la oficina con vaqueros y náuticos. Por ello, no tengamos miedo en adaptarnos a las circunstancias. Eso sí, no cometamos el error de pensar que como esto puede variar, lo mejor es gastar el menor dinero posible en cada prenda. Todo lo contrario, si adquirimos prendas de calidad, clásicas y atemporales (Ojo, también hay prendas de este tipo en looks más informales) a la larga nos alegraremos porque su uso será mayor, su durabilidad también y por tanto su rentabilidad mucho mejor.

¿Quieres aprender más sobre cómo comprar ropa? 

Ya podéis haceros con las nuevas Revistas mensuales donde voy desgranando trucos, reflexiones, consejos y propuestas para crear un armario útil, interesante y rentable.

SinAbrochar Tienda

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