¿Merece la pena?

Hoy tendréis que perdonar que me salga de la temática habitual, pero el Blog no sólo me sirve para compartir con vosotros mi forma de ver el estilo y la manera de vestir, sino también lo concibo como un medio de expresión en el que libero mis pensamientos. Los que me conocéis sabéis que me tomo mi trabajo muy en serio -a veces demasiado-, pero muchos también habréis descubierto que más que una forma de ganarme la vida, todo esto es una verdadera pasión para mí, y disfruto mucho con todo lo que me rodea y conozco cada día.

Hoy día tengo muy claro que todos venimos al mundo con un objetivo en la vida, y debemos ofrecer lo mejor de nosotros mismos a la sociedad. Ese es nuestro cometido, no sólo por aportar un verdadero valor a la sociedad de la que todos nosotros también nos nutrimos, sino porque es la única forma de sentirnos verdaderamente realizados.

El último año ha sido muy intenso para mí, con muchos proyectos, ideas y ganas, pero también muchos cambios y frustraciones, que han hecho más complicado mi trabajo. Y es que al fin y al cabo, por mucho que nos empeñemos en trabajar como máquinas, no podemos olvidar que somos personas, y tenemos límites, sentimientos y una vida más allá de todo.

Soy una persona muy pasional, y trato de poner todo mi empeño e ilusión en aquello en lo que creo. Siento que tengo mucho que ofrecer y que quiero ofrecerlo cuanto antes porque de verdad pienso que alguien debe hacerlo.

Con los años me he ido convirtiendo en una persona muy reflexiva, que trata de analizar todo lo que le rodea. Y es que creo que la reflexión es el único camino hacia el aprendizaje, y la mejora. Pero ser pasional puede no ser tan positivo como parece, puesto que esa pasión y ganas que pongo en mi trabajo me han llevado, en ocasiones, a tomarme ciertas cosas como algo personal, desplazando más de lo que me gustaría otros aspectos de mi vida que considero igualmente importantes.

El problema viene cuando crees que todo eso que tienes para aportar es una responsabilidad ineludible, y comienza a haber tantas cosas por hacer y todas ellas tan prioritarias y vitales.  Es entonces cuando comienzas a trabajar los 7 días de la semana, cuando a penas disfrutas de tu familia y amigos, cuando dejas de lado a tu pareja, cuando piensas que lo único que te hace feliz es tu profesión y todo lo que conlleva. Y nunca te parece suficiente. Llega un momento en que no sabes en qué día exacto vives, no terminas de saber cuál es tu verdadero hogar, y comienzas a sentirte tan abrumado y desubicado que a veces te bloqueas y no sabes hacia dónde ir, qué hacer primero o cómo organizarte.

¿Y cómo lo solucionas?

Piensas que la solución es sacar más tiempo -de donde no lo hay- para poder llevarlo todo para adelante. ¡Piensas que la culpa la tienen las escasas 24 horas con las que cuenta el día! Y entonces dedicas cada día más y más horas y te involucras en más y más proyectos. Llega ese momento en el que, a pesar de estar rodeado de gente, te encuentras tan sólo ante todo lo que tienes que afrontar, que crees que nada ni nadie puede ayudarte.

¿Merece la pena?

Cuando alguno de los que seguís mi trabajo me paráis por la calle o saludáis en alguna tienda, o simplemente me escribís un mensaje dándome la enhorabuena o las gracias, todo parece cobrar sentido, y por un instante me olvido de todo aquello que he sacrificado y dejado atrás para conseguir llegar aquí.

A día de hoy sigo sin saber si todo merece la pena, si el esfuerzo es demasiado por muy gratificante que sea la respuesta. ¿Vale todo? Yo aún sigo sin saber dar una respuesta a esta pregunta que de verdad me convenza.

De qué sirve conseguir cosas si no eres capaz de tomar la distancia suficiente para verlas crecer y compartirlas con los que de verdad están ahí a tu lado…