La Atemporalidad, un bien escaso en nuestros días.

Vivimos en la era de la fugacidad, habiendo interiorizado que la vida es demasiado corta y problemática como para pararnos a reflexionar demasiado. Actuamos por impulso y sentimiento, lo queremos todo y lo queremos ahora. El valor de lo que nos rodea lo medimos en base a la percepción que transmite, no realmente por lo que nos hace sentir.

Vivir más rápido no nos hará vivir más cosas.

Hemos instaurado en la sociedad la rapidez como instrumento de vida. Comida rápida, relaciones fugaces, moda pasajera, compras impulsivas, etc. Nada parece tener la suficiente importancia como para dedicarle tiempo. Ese bien preciado que todos queremos congelar, pero no sabemos porqué. ¿Para vivir más cosas? ¿Para seguir haciéndolo todo igual de rápido? ¿Para que lo envidien otros?

¿Para qué más tiempo?

En un mundo en el que casi nada se concibe para durar en el tiempo esta cualidad es cada vez menos relevante y por lo tanto pasa a estar en un segundo plano para la mayoría, pero dicho sea de paso, esto alimenta aún más la rueda consumista, dejando vencedores y damnificados por el camino. Nada es lo que parece. La cultura Low Cost nos ha hecho pensar que todo se ha democratizado y es fantástico. Ya podemos viajar barato, podemos llenar nuestro armario y estómago por poco dinero, pero… ¿A cambio de qué?

Esta corriente de consumo nos ha centrado en un aspecto: El precio. Nada más parece importar, todo lo demás es secundario y por ello si el precio es bueno, todas esas cuestiones que nos preocupaban -tiempo, calidad, servicio, etc- parecen desvanecerse por el camino. A lo barato no podemos exigirle, y por lo tanto no lo hacemos, no esperamos mucho de ello, pero seguimos consumiéndolo. ¿Por qué? Porque es capaz de saciar nuestra sed constante de consumo. Sed que viene motivada por esas ansias de vivirlo todo y hacerlo rápido.

Personalmente pienso que deberíamos cambiar la mentalidad y el enfoque, pero cuesta hoy día ya que el negocio del “usar y tirar” siempre será mucho más lucrativo, y si encima la industria ha conseguido ya lo más complicado, que era vendernos la idea de que lo desechable es más cómodo, moderno, práctico e interesante. Poco parece que podemos hacer ante ello. Pero debemos ser conscientes de que esta tendencia no es sólo contraproducente para nuestro bolsillo, sino también para el mundo que nos rodea. Generar productos que sabemos que quedan obsoletos en poco tiempo no es ni ético, ni ecológico, ni razonable.

Me temo que el Boom Low Cost terminará por estallar algún día, como lo han hecho muchos otros, y será entonces cuando tendremos que ser conscientes de golpe y sin anestesia, de todos estos aspectos.

Debemos recuperar el concepto de inversión como verdadera filosofía de compra. Pero no nos confundamos, lo contrario del Low Cost no es el Lujo, sino la capacidad y criterio de consumir de manera no sólo responsable sino meditada, consecuente y ordenada. No hay nada más satisfactorio que adquirir algo sabiendo que durará años en nuestro poder. Para ello, no sólo la durabilidad debe ser una de sus cualidades, sino también la funcionalidad, pero sobre todo la atemporalidad debe ser una de sus virtudes. Por mucho que ese objeto sea capaz de durar 100 años, si realmente no lo necesitamos al cabo de poco tiempo, bien sea por inutilidad, modas, obsolescencia… ¿De qué sirve que sea durable?

La obsolescencia programada es la base de muchos de lo grandes negocios del siglo XXI, asegurando de esta forma el aumento de ventas por pura necesidad -impuesta-. Esto es algo de lo que debemos ser conscientes. Por ejemplo, el modelo Low Cost en Moda ha entrado en la sociedad de la mano de un razonamiento muy sencillo, al que todos podemos llegar fácilmente: Si la moda cambia ya no sólo cada temporada sino casi cada mes, y esta alteración es tan constante… ¿Para qué necesito que la ropa me dure años? Si en la práctica me va a durar en el armario a lo sumo un par de meses… Es entonces cuando cobra sentido para la mayoría de la población el comprar ropa barata. Sin embargo, de esta forma entraremos en el juego de la compra constante y recurrente, y sería entonces cuando deberíamos preguntarnos: ¿Realmente gastamos menos o es sólo una sensación?

Nos encontramos también en la era de la suscripción. Series, música, vehículos, préstamos… Por todo pagamos mensualidades cómodas y aparentemente pequeñas. ¿Acaso gastar por costumbre en ropa cada mes x euros no es un modo de suscripción? Si no es así se le acerca mucho a ese concepto.

La alternativa a la compra impulsiva radica en desarrollar nuestro propio criterio, basado en nuestras necesidades reales y no las creadas de manera ficticia con beneficios ocultos tras ellas.

¿Estás preparado para ser tú mismo?